África se aleja de Occidente (X)

África se aleja de Occidente (X)
China and EU cooperation concept. China and European Union flags on chess pawns soldiers on a chessboard. 3d illustration. Imagen: © Rawf8 / Adobe Stock

Donato Ndongo

Su Antología de la literatura guineana (1984) es considerada como la obra fundacional de la literatura guineana escrita en español.

China desbanca a Europa

China se ha erigido como el mayor socio de África, desbancando a la Unión Europea (UE). En el septiembre pasado, se reunieron en Pekín más de 300 participantes en el IX Foro de Cooperación China-África (FOCAC), en la conferencia de jefes de Estado y de Gobierno de los 53 países africanos, con sus ministros de Asuntos Exteriores y de Economía, el secretario general de Naciones Unidas (ONU), representantes de la Unión Africana (UA) y de organismos internacionales y regionales. Según Wang Yi, miembro del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de China y ministro de Relaciones Exteriores, la situación internacional «evoluciona con mayor celeridad» y «el mundo entra en un nuevo período de turbulencias y transformaciones»; en su opinión, «el ascenso colectivo del Sur Global representado por China y África está influyendo profundamente en el proceso de desarrollo de la humanidad», teniendo como objetivo «unir esfuerzos para avanzar en la modernización y construir una comunidad de futuro compartido China-África de alto nivel», para lo cual   «el presidente Xi Jinping trabajará con los líderes africanos para trazar un nuevo plan maestro para el desarrollo de las relaciones entre China y África y orientar el avance del Sur Global». Anunció, entre otras medidas, una treintena de proyectos de energía limpia en los próximos tres años dentro del «plan de acción para África». En su balance, Wang Yi destacó una cooperación «mutuamente beneficiosa» que ha dado «resultados fructíferos», como la «Iniciativa para el Desarrollo Global (IDG)», aportando mayores medios de vida a las personas y ampliando «incesantemente» nuevos programas de cooperación, lo cual «ha inyectado un nuevo ímpetu y ha abierto flamantes horizontes para la cooperación práctica entre China y África». Dijo haber trabajado «mancomunadamente» para la realización de la «Iniciativa para la Civilización Global (ICG)» reforzando «los intercambios y el aprendizaje mutuo entre diferentes civilizaciones»; China ha becado a «cerca de 20 000 africanos» y capacitado a «más de 10 000» cursillistas en diversas modalidades, promoviendo el «emparejamiento» entre 68 universidades y centros de formación profesional. Frutos del trabajo conjunto son el «Consenso China-África de Dar es-Salaam», que estudia la armonización de una «filosofía del Sur Global» aplicable al desarrollo y la modernización, y la «Iniciativa para la Seguridad Global (ISG)», para crear un marco de seguridad liderado por África. China apoya a África en la mejora de sus capacidades de mantenimiento de la paz y la estabilidad, y promueve en la ONU mayores dotaciones financieras para que África desempeñe un papel efectivo en materia de seguridad. El dirigente chino aludió al esfuerzo conjunto para cumplir los «Cinco Principios de Coexistencia Pacífica, salvaguardando codo a codo la equidad y la justicia mundiales». Reveló el empeño chino para la incorporación de la UA al G20, su respaldo a la inclusión de nuevos miembros africanos en los BRICS y su «papel crucial» en organismos multilaterales para la condonación de la deuda externa. Ambas partes «colaboran estrechamente en materia de gobernanza global y desarrollo sostenible y han salvaguardado vigorosamente los intereses comunes de los países en desarrollo», aseguró. Asimismo, subrayó el «fortalecimiento de la solidaridad y la cooperación entre los 2800 millones de chinos y africanos», que «dará un nuevo impulso a la cooperación en el Sur Global y abrirá nuevas perspectivas para la construcción de la comunidad de futuro compartido de la humanidad».

En su respuesta, Yassine Fall, ministra de Integración Africana y Asuntos Exteriores de Senegal, ponderó la «amistad sincera y fraternal entre África y China, extremadamente valiosa». «En el 2000, -dijo- gracias a los esfuerzos conjuntos de ambas partes nació el FOCAC, como exigían los tiempos. Durante más de 20 años, África y China se han respetado mutuamente, se han tratado como iguales y han logrado beneficios mutuos y ganancias compartidas». La similitud de los discursos del resto de representantes africanos produce la impresión de que dimana una clara voluntad de construir «una comunidad de futuro compartido de alto nivel entre África y China», pues los africanos se comprometieron a impulsar la Agenda 2063 y secundar cuantas «iniciativas globales» emanen de Pekín, «profundizando su mutua cooperación para lograr comúnmente desarrollo y prosperidad en beneficio de ambos pueblos». Propósitos bendecidos por la ONU, en palabras de António Guterres: «la alianza entre China y África puede impulsar la revolución de la energía renovable y ser un catalizador para transiciones clave en los sistemas alimentarios y la conectividad digital».

Obviamente, las élites africanas se mostraron satisfechas con los resultados del Foro: hubo acuerdos concretos con cada uno de los 53 países, y otros de carácter general referidos al conjunto del continente. Destacan los planes en el sector industrial, agrario, recursos naturales e inversiones. El propio presidente, Xi Jinping, comprometió 50 000 millones de dólares para el desarrollo de África en los próximos tres años. China ha sido el mayor socio comercial del continente durante 15 años consecutivos, y se han completado una serie de proyectos emblemáticos y proyectos «pequeños, pero ágiles», mejorando significativamente el bienestar en China y África. Éxito considerado fruto del «modelo chino» de relacionarse con África, basado, dicen, en unas palabras de Mao Zedong ante socios africanos de primera hora: «las relaciones mutuas entre nosotros son de hermandad, no paternales». Continuismo en los principios, en la metodología y en los resultados, son rasgos apreciados al sur del Sáhara. Desde la década de 1960, las reuniones entre los dirigentes y la comunicación directa, aparecen como un mecanismo más idóneo que el burocratismo occidental, al ser una demostración de respeto mutuo y crear un clima de confianza. De ahí que la reunión trianual del FOCAC sea hoy escenario básico para debatir, acordar y anunciar logros y realizaciones. El primer Foro tuvo lugar en octubre de 2000 en Pekín, con ministros de Asuntos Exteriores y Economía de cuarenta y cuatro Estados africanos. La tercera reunión se convocó en noviembre de 2006, «Año de África» en China y fastuosa conmemoración del cincuentenario del establecimiento de relaciones diplomáticas con una nación africana. Como anotamos, en ese encuentro se adoptó el marco documental de la relación entre chinos y africanos, que oficializaba el nuevo tipo de asociación estratégica, basada en la igualdad política, la cooperación en beneficio mutuo y el intercambio cultural. Pero ¿«China cambia la faz de África», como propagan sus prosélitos? Su dinámico proceso de industrialización exige recursos naturales y combustibles a gran escala, abundantes en África, sobre todo minerales imprescindibles en la industria electrónica, base de las críticas del «expolio» chino. Inquieta, dentro y fuera del continente, el «saqueo» de los recursos africanos, que, al igual que Occidente, se devuelven en forma de productos manufacturados; numerosos países en desarrollo han denunciado a China ante la OMC por prácticas comerciales antidumping. Pese a ser el sexto productor mundial de petróleo, desde 1993 importa crudo africano, principalmente de Angola, Argelia, Chad, Guinea Ecuatorial, Gabón, Nigeria y el conflictivo Sudán. También se cuestiona la política de «no injerencia», al considerar que apuntala a las tiránicas oligarquías locales, «dueñas indiscutibles» de los recursos de sus países, que manejan sin control alguno. «No injerencia…» dependiendo de las circunstancias que marquen los intereses inmediatos: no cabe duda de que su presencia en Sudán influye en los acontecimientos, ni que prefirió no involucrarse en el proceso posterior a la muerte de Robert Mugabe en Zimbabue. La concesión de préstamos en condiciones tan favorables a primera vista es también motivo de preocupación, debido al riesgo de una nueva crisis de la deuda, susceptible de generar nuevas formas de vulnerabilidad. Para diversos analistas, China instrumentaliza su cooperación, pues no «ayuda» sólo a los países receptores, sino es un medio para consolidar su propio desarrollo económico, en el cual el comercio exterior es piedra angular. No deja de ser interesante que la contrapartida de tan «generosos paquetes de cooperación al desarrollo» sean las materias primas de cada país, con especial interés en los productos energéticos. Están en los campos de la construcción de viviendas e infraestructuras, redes de fibra óptica, transporte, industria, banca y hostelería, pero son numerosas las críticas a la escasa calidad de las obras. Quienes consideran el «desembarco» chino una «recolonización de África» destacan asimismo la masiva presencia de asiáticos en el continente. En efecto, Pekín alienta la migración de sus ciudadanos, como inversores o cooperantes, y son visibles en todos los rincones, aunque la mayor concentración se produce en los países con mayor inversión pública: Sudáfrica, Nigeria, Sudán, Zambia, Argelia, Angola, R. D. de Congo y Zimbabue.

Otra crítica recurrente -potencial foco de conflictos- es el acaparamiento de terrenos fértiles. Un informe del Banco Mundial (BM) de 2010 cifraba en «unos 30 millones de hectáreas» las tierras detraídas a los campesinos africanos, aunque el propio organismo reconocía que «la falta de transparencia en las transacciones podría elevar las cifras». En su informe, «el Estado de la Inseguridad Alimentaria en el Mundo», la FAO advertía, en el mismo año, que «925 millones de personas en todo el mundo sufren hambre. Cifra a la que hay que sumar 10 millones de personas más, según el llamamiento de febrero de la ONU para paliar la hambruna en la región del Sahel». Aunque no es nueva tal práctica, se ha generalizado en los últimos veinte años la adquisición de terrenos en países subdesarrollados para el cultivo de alimentos, con la finalidad de garantizar la soberanía alimentaria de sus ciudadanos e invertir en productos agrícolas con fines especulativos. Cuentan con la complicidad de las corruptas élites locales, que venden grandes extensiones de titularidad estatal o comunal a «inversores» extranjeros. El africano no concibe la tierra como propiedad privada; de ahí que no existan registros al respecto, al ser bienes comunales cuyo usufructo regula el derecho consuetudinario. De ello se aprovechan gobiernos como los de Uganda, Tanzania o Guinea Ecuatorial para privar a sus compatriotas de sus medios de subsistencia. China encabeza la lista de tales depredadores, junto a India, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Catar, Corea del Sur, Estados Unidos y Brasil. No faltan europeos: Reino Unido, Alemania, Italia, Francia, Noruega y España. También multinacionales y fondos de inversión ven en alimentos y biocombustibles un negocio lucrativo, mientras estas prácticas especulativas condenan al hambre a millones de africanos, pues miles de campesinos son obligados a abandonar sus terrenos de cultivo y hábitat ancestrales, desplazándose a zonas áridas. Ello resulta especialmente grave en un continente donde la vida del 80 % de la población depende de pequeñas explotaciones familiares. Por otra parte, Greenpeace revelaba en 2015 que barcos chinos están saqueando caladeros africanos. En un informe cuya investigación duró entre 2000 y 2014, esta organización documentaba «82 actividades de pesca ilegal no declarada y no reglamentada» de «74 barcos pesqueros operados y propiedad de cuatro compañías chinas» que pescan «ilegalmente en caladeros prohibidos de África occidental y falsifican su tonelaje bruto».   En su mayoría arrastreros de fondo, estas «embarcaciones han sido avistadas en aguas de las zonas económicas exclusivas de Senegal, Guinea-Conakry, Guinea-Bissau y Ghana, y pertenecen a la mayor compañía de aguas distantes china, China National Fisheries Corporation (CNFC)». Pese a la drástica merma de especies en los caladeros de la zona, «las empresas chinas han expandido sus operaciones, pasando de 13 buques en 1985 a 462 buques en 2013». Prácticas facilitadas por la nula o «débil gestión y vigilancia de las autoridades africanas, en detrimento de los pescadores artesanales de esta zona y de las comunidades locales» que, obvio es, causan enormes perjuicios: sobreexplotación de las pesquerías, deterioro del medio ambiente, hambre, emigración. China no es la única explotadora; la organización ecologista denuncia periódicamente la sobreexplotación de los recursos pesqueros africanos por flotas de bandera europea, rusa, coreana… Con motivo del «Día Mundial de la Pesca», Greenpeace exponía de nuevo, en noviembre de 2017, «las malas prácticas de las flotas pesqueras industriales», que «están agotando las pesquerías de las que depende la vida de millones de africanos (…) El 30 % de la población padece malnutrición y se han perdido ya 300 000 puestos de trabajo en el sector pesquero. Más de la mitad de las poblaciones de peces de África occidental, de las que hay datos, están sobreexplotadas».

Caso curioso en la relación afro-china es la actual sede de la UA en Adís Abeba. Edificio emblemático construido íntegramente con fondos, diseño, materiales y mano de obra china -con un costo de 200 millones de dólares- fue inaugurado, con toda pompa, en enero de 2012, como «un poderoso símbolo del papel de China en África». Según la investigación de Le Monde, los constructores equiparon el inmueble con dispositivos ocultos de audio, y todas las noches, durante cinco años, transfirieron información desde el centro de datos de la UA a servidores en Shanghái. ¿Cómo es posible que nadie se percatase ni hubiera siquiera un rastreo de seguridad para garantizar unas comunicaciones seguras? En esta, como en otras acusaciones de «prácticas neocolonialistas», los chinos negaron el espionaje y despacharon el tema calificándolo como «acusaciones absurdas».

Artículo redactado por Donato Ndongo-Bidyogo.

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